Louise Glück: un itinerario de lectura


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Louise Glück: un itinerario de lectura

3 days ago 3

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Ararat (1990). Pre-Textos, Valencia, 2008. Traducción de Abraham Gragera.

Ararat se abre con una declaración de principios: este no es un libro de misterios, sino de pruebas. No se trata de explorar lo que la muerte tiene de desconocido, sino de ofrecer pruebas de cómo lidiamos a diario con ella. Diría que se trata de un libro de testimonio, si la palabra no tuviese un matiz (y algo más que un matiz) de confesión, de denuncia, de leve exhibicionismo... del que esta colección de poemas está despojado. Lo que el lector tiene ante sus ojos, al principio y durante mucho tiempo, son estampas fúnebres, escenas de duelo, consideraciones sobre el luto, a propósito del padre y del marido, a quien sus mujeres (esposa e hijas) le sobreviven “como ecos”, sin historia propia, sin progresión... El sentido que segregan estas estampas estáticas son ideas bien sencillas que la poesía lleva años manejando: el paso de las estaciones, la irreversibilidad del tiempo, la fragilidad de la vida y de sus afectos...

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Pero si bien las ideas son sencillas, los sentimientos enseguida se complican. Los “ecos” con los que se identifica a las mujeres de la familia (la madre, la tía, la hermana, la voz de la poeta que parece coincidir con la de Glück, su hijo y su sobrina...) enseguida adquieren otro valor, el de transmisión: la poeta convierte los sentimientos y las emociones en algo que se hereda de generación en generación, vagamente modulado por el temperamento y los cambios en la sociedad. Esposas, hijas y nietas sufren la leve opresión del marido, padre y abuelo muerto, pero también heredan unos sentimientos fríos y una tendencia a competir entre ellas. Al examen de la rivalidad femenina se dedican algunos de los mejores poemas del libro (“Apariencias”, “Animales”, “Dalia amarilla”): la familia como una institución que ofrece raciones casi gratuitas de protección y compañía, los familiares como instrumentos de presión y de daño.

Ararat puede considerarse el primer logro temprano de Glück y asoma aquí una de las características destacadas de su “voz”: el autoexamen frío de la insuficiencia de sus emociones: distancia, entrega insuficiente, una calidez esquiva. Críticas expresadas en un tono contenido, que ha expurgado el drama y que tampoco promete (y quizás ni siquiera pretende) una enmienda inmediata. Las heridas también son leves: un suave resentimiento que prefiere responsabilizar a las leyes de lo que antes llamábamos sangre y ahora genes. El lector claustrofóbico puede empezar por leer “Paraíso”, un poema que abre el foco del costumbrismo anímico predominante. 

El iris salvaje (1992). Pre-textos, Valencia, 2005. Traducción de Eduardo Chirinos.

En el arranque se afirma que “no es propio de la naturaleza humana / amar solo lo que nos devuelve amor”. La frase puede leerse como una justificación del amor que sentimos por las plantas, los paisajes y los climas, que poco saben como nosotros, pero también de la complicación afectiva que supone amar a un dios personal: la clase de dios que lo sabe todo sobre nosotros, a quién se lo debemos todo.

Antes de tratar de responder a la pregunta implícita conviene señalar que está formulada en unas condiciones emocionales muy concretas. La voz poética acaba de despertar de una fase depresiva, una noche de sufrimientos psicológicos; entregada ahora a los trabajos del jardín, de la mano de un tal John, parece resulta a “atreverse a la alegría”. Pero se trata de una decisión adoptada por una voluntad todavía demasiado tierna, propensa a emitir una y otra vez el mismo diagnóstico: su corazón es demasiado frío, cuando ama lo hace sin convicción.

Las descripciones de la naturaleza contribuyen a intensificar este examen, el paisaje parece iluminado por la luz del propio ánimo: un mundo mate, dominado por la luna, una penumbra suave donde las flores brillan como fulguraciones repentinas, formas mejor adaptadas a la naturaleza. Pero la poeta ha salido de la oscuridad emocional con algo más que buena voluntad y dudas sobre su carácter, también ha perdido toda la fe y la confianza en su Dios. En la serie de poemas intercalados y titulados “Maitines” (que a la mitad del libro se transforman en “Vísperas” y adquieren unos tonos serenos, más acordes con el final del día) habla a Dios, aunque sería más preciso decir que le exhorta, le reprocha que haya permitido su depresión, enmienda sus presupuestos iniciales (“no puedo amar lo que no puedo concebir”) y evalúa la naturaleza divina.

No es un monólogo sin respuesta, la poeta se pone en el lugar de Dios (aunque no podamos descartar completamente que se trate de la inspiración divina hablando a través de ella) en una larga serie de poemas (“Mañana clara”, “Nieve de primavera”, “Final del invierno”...) para ofrecer su propia versión de los hechos. Buena parte del interés del libro se juega en este diálogo cruzado entre la poeta y Dios; un Dios decepcionado con sus criaturas, algo cansado de sí mismo, con ganas de empezar de cero... vagamente amenazante: “Te mostraré lo que querías / no la convicción, sino el sometimiento”; “Ahora estoy preparado / para imponer claridad sobre vosotros”. Aunque la psicología de este Dios es algo decepcionante (por su familiar resquemor, por su necesidad de explicarse, todo tan humano), resulta irresistible cuando adopta un tono de sentenciosa displicencia: “Venís y os vais, con el tiempo / he olvidado vuestros nombres // valéis lo que vale una vida / no más que eso”.

Por momentos parece que el error de todo hombre (y quién sabe si también el de los ánimos caídos) pase por querer distinguirse demasiado del resto de la naturaleza, pero en el libro se da voz también a múltiples formas vegetales (la valeriana azul, la amapola, el trébol, el lirio, las flores del campo...) y todas traen al poemario una insuficiencia, un reproche, una amonestación... dirigidas a ese Dios, responsable de la vida de este mundo, pero que no puede aprender o no ha querido a mirarlo como una extensión suya, como si fuese ajeno a lo natural, salvaje. ¿Y si no existiera? ¿Dónde irían todos reproches? ¿Sobre quién recaerían? 

Vita Nova (1999). Pre-Textos, Valencia, 2014. Traducción de Mariano Peyrou.

“Esperas vivir para siempre con tu esposo / en un fuego más duradero que el mundo”. Estos dos versos contienen la cuenta atrás de un desengaño inevitable (que el amor humano durará más que el mundo), pero lo que aquí se explora es otra clase de desengaño menos inevitable: la constatación de que ni siquiera el amor que considerábamos “para siempre” nos acompañará durante todo nuestro paso por el mundo. La herida del divorcio, el arte de perder la convivencia amorosa: un tema clásico. Allí donde la visión fugaz de una jovencita arrastró a Dante a la vida nueva del enamoramiento, el final del amor precipita a Glück (o a la voz que habla por ella) a la vita nova del desamor consumado. El primer poema nos remite a las alegrías del apareamiento, después el libro se adentra en la experiencia del abandono.

Glück adopta al principio un tono confesional que puede resultar algo afectado, y tampoco ayuda que con cierta frecuencia los poemas desemboquen en aforismos semiconclusivos poco trabajados. Tampoco termina de encajar la dimensión simbólica del libro, puede tener su interés que la voz narrativa se travista y se transfigure (de mujer a varón, y de mujer a Dios, un disfraz doble) nada menos que en Orfeo, de quien se dice que con su dolor y su lira hizo sonar por primera vez sus esferas celestes. El resultado es algo artificioso y casi nos saca del libro cuando se pretende identificar al marido perdido en una nueva Eurídice. ¿De qué Hades va a rescatar a un amante que no ha muerto y que no quiere ser regresado de su propia huida?

Por suerte el libro crece cuando Glück introduce la figura de un inquisidor que la arranca de la lamentación ritual por la vía de un examen más exigente de sus expectativas y de sus emociones. Los mejores poemas del libro provienen de este intercambio, y de las energías que libera: “Formaggio”, “Apartamento”, “Amor terrenal” o “Lamento”. Una sucesión de miradas a la lenta reconstrucción de la propia confianza por la que nos enteramos de cosas como que toda vida rota es una vida provisional, y que toda vida provisional es una vida múltiple; que nunca estamos solos, porque siempre estamos rodeados de desconocidos; que el amor es como un secuestro y que la felicidad sigue siendo felicidad aunque se base en una ilusión, incluso en una falsa ilusión. Una indagación que viene a confirmar algo que Glück siempre ha sospechado: “los seres humanos saben lo que necesitan / mejor que ningún Dios”.

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